Apenas conocí a José Ramón. Crucé con él algunas palabras
cuando llevaba a mis hijas a clases en la escuela de música. Su muerte ocurrió
en verano, cuando la coral interrumpe sus ensayos por vacaciones. Se encargó un
funeral para una fecha próxima a Todos los Santos. Fue uno de los más hermosos que he presenciado. Se celebró en
la catedral donde se estrenó la Coral Polifónica de Getafe en 1.988.
Antes de empezar, una coralista veterana leyó unas palabras
escritas de corazón para darle las gracias al maestro. Tras un interludio
musical, cantamos el conmovedor inicio del Réquiem de Mozart en Re menor que,
en unos compases, empieza expresando sobriedad, después pena, para terminar en
un estallido de rabia.
El sacerdote en su homilía habló de fortalezas humanas como
la gratitud y la apreciación de la belleza, que también son materia de estudio
de la Psicología Positiva. Utilizó una bella metáfora, comparando la música con
el incienso que al quemarse se eleva hasta cielo. Casualmente, también hay una
emoción positiva llamada elevación
que se experimenta como un fuerte sentimiento de afecto en el pecho (Haidt, 2002). Surge cuando presenciamos
actos que reflejan lo mejor del ser humano y provoca un deseo de ser mejores
personas. Sentí gratitud por la labor realizada por José Ramón. Su obra ha
perdurado trascendiendo más allá de su propia vida, para hacer más valiosas
otras muchas vidas.
Fuimos cantando distintas canciones según iba transcurriendo
la ceremonia. Fue muy emotivo cantar Lacrimosa
durante la comunión, aunque entrañó un reto cantarla a capela por su
dificultad. Al salir, una mujer me dijo que “los
cristianos deberíamos estar contentos porque él está bien”. Le respondí que ya no está
aquí y las pérdidas ocasionan tristeza.
En un curso de coaching me preguntaron: ¿qué
pondrías en tu epitafio? No supe qué responder. Algún tiempo después la
respuesta llegó sola a mi cabeza y me ayudó a clarificar un sentido para mi vida.
Carpe
diem, tempus fugit.