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viernes, 8 de julio de 2016

Cuando brillas de orgullo



Hace unos años charlé con él algunas tardes de verano. Era un chaval agradable, que mostraba todavía poca seguridad en sí mismo. No sé si aquellas conversaciones le ayudaron. Luego perdimos el contacto, aunque sabía de él por su madre.

Recientemente, me invitó a la presentación de su proyecto de fin de carrera. Se había convertido en un hombre seguro y apuesto. Durante veinte minutos, casi sin pararse a respirar, detalló los entresijos de un proyecto de ingeniería con tecnología láser que dejó epatados al público asistente y al tribunal. Aunque no entendiera casi nada de lo que decía, por la complejidad del proyecto y la jerga técnica que empleaba, sus gestos y expresión corporal reflejaban mucha confianza en sí mismo. Sus respuestas dejaron convencido al tribunal. Cuando cogió la tiza y empezó a trazar esquemas para explicar sus ideas, vi a un futuro profesor. Un gran aplauso inundó la sala cuando acabaron las preguntas. 




Salimos fuera a esperar la deliberación del tribunal. Apenas pude darle un abrazo, entre el remolino de personas que se acercó a felicitarle. Pregunté a su madre si se sentía feliz. Me dijo que estaba muy contenta aunque, como siempre había confiado en que su hijo terminara la carrera, a lo mejor eso hacía que su alegría no fuera tan grande. Le hablé de una emoción positiva, que los judíos llaman naches, que provoca una felicidad intensa al ver que los hijos consiguen algo relevante. 

Pasamos de nuevo a la sala y el profesor leyó las calificaciones de otros alumnos, que fueron muy buenas. Cuando llegó el turno de Andrei, el profesor le concedió la máxima nota posible; un diez y le propondrían para mención de honor. Escuché a Feli decir: ahora sí. Cuando se acercó su hijo a abrazarla, las lágrimas desbordaron sus ojos… y los míos.

Después fuimos a celebrarlo. Un brillo de orgullo destellaba en sus miradas. Seguramente aquella noche, madre e hijo, pudieron dormir satisfechos por un trabajo bien hecho.

miércoles, 22 de junio de 2016

Cantar con el corazón



Para terminar el curso, mi coral organizó un taller de canto. El tema elegido era el amor y nos dirigía Nuria Fernández, una de las mejores directoras de coro del país.

Aprendimos a mejorar la posición del cuerpo. Nos enseñó técnica vocal y a cuidar el sonido, sin respirar en medio de las frases, comenzando bajito, creciendo poco a poco y decreciendo suavemente al final, como una ola.

Taller de canto coral Del amor a la música. Getafe 18 y 19 de junio de 2016.

A media mañana estábamos ensayado “Te quiero”, una canción argentina con texto de Mario Benedetti. Cantándola noté que me estaba emocionando. Miré al frente y vi a una soprano enjugarse las lágrimas. Mis neuronas espejo resonaban con esa emoción. Levanté la carpeta a la altura de los ojos, para no seguir contagiándome emocionalmente; cantar y llorar es difícil.

En la pausa comenté con un asistente al taller el efecto saludable que tiene cantar en un coro. Alguna tarde que estaba anímicamente decaído, tras el ensayo, me sentí estupendamente. 

Según Björn Vickhoff, al cantar frases largas, la respiración se vuelve lenta, regular y profunda. El ritmo cardiaco de los cantantes se sincroniza, regulándose la actividad del nervio vago, implicado en las emociones y la comunicación con los demás. Este nervio activa el sistema nervioso parasimpático, que relaja el organismo, ralentizando el corazón y los pulmones. Al inspirar aumenta la tasa cardiaca y al exhalar disminuye. 

Al cantar se inhala rápido y se espira lentamente, para mantener el aire durante toda la frase. Esto hace que se eleve el tono vagal, que se asocia a emociones positivas. Cantando juntos, los corazones empiezan a latir al mismo ritmo y las emociones se sincronizan.

Cuando llegamos al concierto, el escenario y el piano estaban decorados con corazones. También nos dieron un broche con forma de corazón brillante que nos prendimos en el pecho. Al terminar, invitamos al público a cantar “Todo lo que necesitas es amor”.
 
Cantando se alegran los corazones, decía una ranchera. Lo recordaré cuando necesite respirar justo en medio de una frase.

viernes, 5 de febrero de 2016

Échate unas risas

Recientemente asistí a la presentación de un libro escrito por mi hermano. El biciclista suicida 2: TransÁndalus” cuenta las nuevas aventuras del Pollo Guerrero, un disparatado ciclista que me ha hecho reír mucho. Mi hermano mayor propuso que le hiciéramos preguntas divertidas durante la presentación. Una amiga las distribuyó entre los asistentes, junto a una falsa acreditación de prensa. Llevé una aparatosa cámara de cartón que hice para carnaval. Le acoplamos una pequeña cámara y estuve filmando lo que sucedía, que aparecía en la pantalla donde se proyectó el vídeo de presentación. Mi hermano pequeño hizo de presentador y otro, de fingido vigilante de seguridad.

Las preguntas y respuestas fueron hilarantes. Mi hermana pequeña hizo la más graciosa. Yo era periodista de “Cuarto milenio” y pregunté: “¿Es verdad que, si dices tres veces pollo guerrero frente al espejo, se aparece el negro del Whatsapp?”. El público que atestaba la sala se partía de risa.

Me sorprendió la agilidad mental de mi hermano para responder con gracia de forma improvisada, porque no estaba al tanto de las preguntas. Seguramente, ha heredado el sentido del humor de mi madre.

Scott Weems, en su libro Ja, dice que “nos reímos de lo que nos obliga a integrar metas o ideas incompatibles que conducen a la confusión, la duda o la vergüenza”. Según este autor, numerosos estudios demuestran que la risa es saludable: aumenta el tamaño de las arterias, mejorando el flujo sanguíneo, suprime los niveles de glucosa en los diabéticos, mejora el sistema inmunológico, aumenta la tolerancia al dolor, reduce las sustancias químicas relacionadas con la artritis y ayuda a combatir la dermatitis. Lo contradictorio es que, según un estudio de Friedman, las personas con sentido del humor viven menos, probablemente porque se cuidan poco.

Decía Elbert Hubbard “no se tome la vida demasiado en serio; nunca saldrá vivo de ella”. Aunque no haya que tomarse la salud en broma, estar cerca de quien te hace reír, hará tu vida mucho más entretenida.

sábado, 2 de enero de 2016

Nacidos para correr


Durante años salí a correr con mi hermano. Es un ejercicio físico saludable que cada vez cuenta con más adeptos, entre otras razones porque hace que te sientas bien. En una conferencia escuché a un atleta decir que todos empezamos porque “correr es un psicólogo barato”. Le comenté esta frase a un amigo y me dijo que, efectivamente, él empezó a correr tras una ruptura sentimental.

Dejé de correr hace tiempo, aunque sigo manteniendo la costumbre de ir a ver la llegada de la San Silvestre, que se celebra el último día del año en mi ciudad. Llegué con bastante antelación, esperando ver aparecer a mi hermano. Me entretuve viendo a los atletas disfrazados de Papá Noel, de duendes, hadas o de las formas más inverosímiles y extravagantes.

Los niños esperaban ansiosos a sus padres, para correr de su mano los últimos metros. Un padre despistado no vio a su hijo y el pequeño se sentó en el suelo con una llantina inconsolable. Luego le vi feliz en brazos de su padre. Me emocioné con la alegría de los amigos entrando a meta abrazados. Un señor mayor venía muy rápido con cara de felicidad. Miré hacia donde miraba y el cronómetro marcaba cuarenta y ocho minutos. Supuse que iba a mejorar su mejor marca personal.

Me pregunté por qué miles de hombres, mujeres, jóvenes y ancianos, de diferentes razas y clases sociales, tienen en común su afición a la carrera. Según Bramble y Lieberman, lo que hizo que evolucionásemos como humanos fue precisamente nuestra capacidad para correr distancias largas. Nos permitió cazar o encontrar carroña en la extensa sabana africana. Además, correr favorece la generación de nuevas neuronas, por lo que podría decirse que correr nos hizo y nos hace más inteligentes. Correr nos hace humanos.

Dicen que correr es de cobardes. Se puede correr para huir, para llegar antes, para respirar aire limpio en la naturaleza, para ganar, para sentirse mejor o para despedir el año de manera divertida.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Un círculo mágico

Recientemente participé en el primer festival internacional de coros polifónicos Ciudad de Antequera. Mi coral fue invitada con motivo del 25 aniversario de la Coral San Sebastián. Fueron unos anfitriones muy generosos y durante dos días me sobraron motivos para sentir admiración. Conocimos lo más destacado de la milenaria cultura de esta hermosa ciudad andaluza. Visitamos la alcazaba árabe para contemplar la ciudad desde arriba con el telón de fondo de la peña de los enamorados. Cantamos en las plazas y calles de la ciudad, en el patio de un centro de arte contemporáneo y en una colegiata renacentista, un antiguo centro de transmisión del saber.

El final del concierto principal fue emocionante; más de doscientas voces distribuidas por la Colegiata de Santa María cantamos el coro de los esclavos del Nabucco de Verdi. Me sorprendieron las miradas emocionadas del público en los aplausos finales. Como dice la letra del coro quizás “su pensamiento voló con alas doradas para posarse en las praderas y las cimas”. Según Hans Berger algunas melodías activan el cerebro mediante las ondas alpha, que aparecen cuando nos relajamos.

Al día siguiente cantamos en interior del Dolmen de Menga. Es un monumento megalítico con 5000 años de antigüedad, que se propone este año para ingresar en la lista de lugares patrimonio de la humanidad. Me admira cómo fueron capaces de cortar y mover, sin maquinaria, esas enormes piedras con toneladas de peso. Un enorme esfuerzo de todo un clan de agricultores para honrar a sus antepasados.

Viví un momento muy especial. Era la primera vez que se daba un concierto allí. Un centenar de cantantes formamos un círculo alrededor del pozo iluminado al fondo del dolmen. Entonamos el Canticurum Iubilo de Haendel: “Dancen también la música, las olas, las estrellas con el júbilo de los cánticos. Cantando con nuestros recursos, alegraos, aplaudid”. Me alegró participar en aquel momento mágico de conexión con algo más grande que uno mismo. Gracias de corazón a quienes lo hicieron posible

Dolmen de Menga
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jueves, 22 de octubre de 2015

Un momento de atención

Al comienzo del verano estaba desayunando en una cafetería y se acercó a saludarme una coordinadora de la delegación municipal de cultura. Casualmente llevaba un ejemplar de “Todos los días eran buenos” y se lo enseñé. Me propuso presentarlo en octubre en el principal festival literario de mi ciudad.

El día de la presentación el tiempo presagiaba tormenta. Era un domingo por la tarde lluvioso. Muchas amistades ya habían ido a una presentación anterior y temí que hubiera escasa asistencia. A la hora de empezar sólo estábamos mi madre, sus amigas y alguna persona más. La puntualidad española es proverbial. Poco a poco fueron llegando amigos, familiares y conocidos. Hasta llegó un fotógrafo que nos hizo posar con el libro. Hubo éxito de público. Mi madre contabilizó sólo dos sillas sin ocupar.

Convencí a mi madre para que subiera conmigo al escenario. Comencé a explicar el origen del libro: en 2013 conocí una investigación que demostró que recordar los sucesos positivos del pasado aumentaba el bienestar de los mayores. Pensé que no podía perderme aquella experiencia con la mujer más positiva que conozco: mi madre. Luego empezamos a contar anécdotas que se recogen en el libro y nos reímos mucho. Loles me dijo que no se cansa de leerlo.

A mitad de la charla empezó a caer el diluvio universal. El encargado del sonido empezó a bajar las persianas para evitar que el agua entrara en la caseta instalada en medio de la plaza. Me sentí a gusto con esa lluvia, aunque el estruendo de gotas salpicando sobre el techo apenas me dejara entender las preguntas del público. La calle estaba desierta y sentí cierto recogimiento. Afuera brama la tempestad pero lo que importa está aquí y ahora. Aquel momento era sólo para nosotros y no para ser mirado por los transeúntes.

Una mujer me dijo que mi madre me había dado la vida y que yo se la había devuelto. ¡Ojalá pudiera ofrecerle todo lo que me entregó!

viernes, 10 de julio de 2015

Dueños del destino

Hace un año mi amiga se quedó sin trabajo. La alcaldesa despidió por decreto a cuatro trabajadores fijos que querían crear un sindicato. Sentí como propia la tensión por aquella injusticia. Muchas cosas pasaron desde entonces. Todas las semanas hubo manifestaciones. En cada acto público en la ciudad había camisetas negras que exhortaban: ¡Readmisión ya! El sindicato finalmente se constituyó y ganó las elecciones sindicales en el ayuntamiento. Las sentencias fueron confirmando que los despidos eran improcedentes. Reconozco que, cada vez que recibía una buena noticia a través del blog que crearon para informar de las reivindicaciones, sentía oleadas de optimismo y deseé con todas mis fuerzas que pudieran recuperar su empleo.

Por fin, hubo elecciones municipales y se produjo un cambio de gobierno. Una de las primeras medidas de la nueva corporación fue readmitir a los cuatro despedidos. El nuevo alcalde y los concejales les recibieron en la puerta del consistorio el día de su regreso. Al entrar, el hall estaba atestado de trabajadores municipales que, ataviados de negro, formaron un pasillo para darles la bienvenida. Al fondo, once sindicalistas se despojaron de sus camisetas negras y las tiraron al centro del vestíbulo. Ya no eran necesarias. En su lugar aparecieron camisetas blancas, con una letra cada una, que componían la palabra READMITIDOS. Misión cumplida. Entonces todos los trabajadores lanzaron sus camisetas negras formando una montonera que sepultó la vergüenza por unos despidos que nunca debieron suceder. Imagino que en su lugar emergió un sentimiento de orgullo colectivo por alcanzar un logro tan difícil para los tiempos que corren. Como decían los mosqueteros: “Uno para todos y todos para uno”. Con la lucha de todos consiguieron hacer justicia.

Por la noche habíamos quedado a cenar y pregunté a mi amiga por cómo se había sentido. Se emocionó al agradecer a sus compañeros el apoyo que les prestaron. Percibió mucha alegría y solidaridad. Como en el poema “Invictus” quizá pudieron sentirse “dueños de su destino y capitanes de su alma”.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Buscar la alegría

El fin de semana asistí con mi hija a un espectáculo de teatro musical muy divertido. Disfruté sentado en el patio de butacas, rodeado de cientos de personas tronchándose de risa. Pensé: “por qué no vendré al teatro más a menudo”. Aunque era tarde, al salir me sentía feliz y descansado.

Recientemente, se ha creado cierta polémica sobre la validez de algunos estudios de Barbara Fredrickson. Esta profesora de Psicología de la Universidad de Carolina del Norte afirma que las personas que sienten tres emociones positivas por cada emoción difícil son más felices, eficaces, proactivas, creativas y comprometidas. Estas emociones actúan como nutrientes que permiten crecer y florecer.

Fredrickson es autora de la teoría de ampliación y construcción. Según esta teoría las emociones positivas amplían las tendencias pensamiento y acción, permiten desarrollar recursos personales para afrontar las situaciones difíciles y transforman a la persona haciéndola más creativa, resistente a las dificultades y mejor integrada socialmente.

No creo que haya que andar contando emociones, aunque es necesario sentir a menudo emociones positivas para ser feliz y tener una vida plena. El bienestar nos recarga de energía y favorece una buena salud. Hay estudios que asocian el afecto positivo con la longevidad. Tampoco hay que deshacerse de las emociones desagradables. Son útiles para sobrevivir, para superar las perdidas… Aunque sentirse continuamente deprimido, ansioso o enfadado puede ser nocivo para la salud mental y física.

Imagina una cuenta bancaria que funcionase con emociones. Cada vez que sientes emociones agradables estás ingresando positividad: cuando te ríes, si das un abrazo, al sentirte agradecido, cuando estas orgulloso por hacer algo bien… Como las emociones desagradables suelen ser más intensas, cuando sientas ira, miedo o tristeza, estarás restando energía, disminuyendo rápidamente el saldo de tu cuenta emocional. Para compensar una emoción difícil es necesario sentir una proporción mayor de emociones positivas. Sal al encuentro de la alegría. No desaproveches ninguna ocasión para sentirte bien. Como cantaba Serrat “Hoy puede ser un gran día y mañana también”.

martes, 25 de febrero de 2014

Un final sin apéndice

La semana pasada me operaron de apendicitis y puedo decir que fue una experiencia positiva, rica emocionalmente. Durante mi estancia en el Hospital Universitario de Getafe sentí a menudo emociones positivas, como la alegría y el agradecimiento. Disfruté de más tiempo del habitual con mi mujer y nos reímos con algunas anécdotas divertidas, contándolas después a familiares y amigos que me visitaron. 

Aprecié mi suerte por poder contar con un sistema sanitario universal y gratuito. Desde que entré en urgencias, decenas de personas se esforzaron por cuidar mi salud: la doctora que hizo el diagnostico, las enfermeras que me hicieron los análisis de sangre, radiografías, ecografías y otras pruebas, los celadores que me trasladaron de un sitio para otro, la anestesista, el doctor Rodríguez que me operó horas después, el personal auxiliar, de limpieza, las personas que llevaron la comida, las cocineras… y sin tener que pagar un céntimo.

También sentí emociones más difíciles. Los hospitales siempre me recuerdan a mi padre y apareció la tristeza, porque sigo extrañando su ausencia. El cirujano me informó de los riesgos de la intervención quirúrgica y le pregunté si había otra alternativa. Como intuía, me contestó: “Hay que operar” y firmé el consentimiento sin pensarlo. Después de esta conversación, en la sala de espera, me asaltaron algunos pensamientos nublados: “¿Y si me pasa algo? ¿Mi vida podría acabar en este momento?”. En seguida me convencí de que no. Todavía tengo que conocer a mis nietos. Me queda mucho por vivir. 

Cuando desperté en la sala de curas estaba eufórico, quizá por los efectos del anestésico. Me acordé entonces de muchas personas queridas y me sentí afortunado. Además, Chema trasladó mi cama hasta la habitación. Le conozco de toda la vida y siempre tiene una sonrisa en su boca.

Gracias a Víctor y a todo el equipo por operarme tan bien. Gracias a los que construyeron nuestro sistema sanitario, el mejor del mundo, y a todos los que luchan cada día por preservarlo.

martes, 4 de febrero de 2014

Orgullo y memoria



Recuerdo bien el gol a cámara lenta de Fernando Torres en la final de la Eurocopa de 2008. Estábamos en el salón y, cuando “el Niño” apenas había tocado el balón, oímos un grito de “gol”. Mi hermano veía una televisión analógica en la cocina y nos radió el gol unos segundos antes de que lo viéramos entrar.


Aquella victoria hizo que muchos españoles nos sintiéramos orgullosos de la selección. Para que el orgullo colectivo se produzca es necesario identificarse mucho con el grupo y que sea muy valorado lo que se consigue. Compartir la emoción con otros multiplica la alegría.

Rememoré ese partido al conocer la muerte de Luis Aragonés, que fue el seleccionador aquel año. Cambió el estilo de juego y como entrenador supo infundir una mentalidad ganadora a los jugadores. Por ejemplo, antes de ganar la final de Copa en 1992, dijo a su equipo: “Son el Atlético de Madrid y hay 50.000 dentro que van a morir por ustedes. Por ellos, por la camiseta, por su orgullo, hay que salir y decir en el campo que sólo hay un campeón y va de rojo y blanco”. 

El orgullo es una emoción autoconsciente que implica una valoración positiva de uno mismo como resultado de evaluar una acción propia como un éxito. En nuestra cultura esta emoción no se expresa demasiado. En un estudio se comprobó que muchos niños españoles de seis y siete años desconocían que significa orgullo, mientras los holandeses de esa edad desconocen el significado de vergüenza. La expresión universal del orgullo es: cabeza atrás, pecho erguido y manos en las caderas o elevadas en el aire, como cuando los atletas ganan una carrera.

¿Alguna vez has sentido orgullo por algo que hicieras muy bien? ¿Has sentido mucha satisfacción por conseguir un logro importante para ti? No es necesario que presumas de ello ante nadie, pero puedes volver a disfrutar recordando esos momentos. Siguen guardados en tu memoria, como un tesoro esperando a ser descubierto.